Apertura 01: Visiones Plurales sobre Una Violencia Común

Fabiola Aguilar – texto curaduría-

No podemos permitir que la violencia sea considerado un  tema de moda en la sociedad mexicana. Por el contrario, hablar de la violencia constituye una necesidad motivada por el contexto actual y la sensación de atropello no es ajena a ninguno de nosotros. La sociedad en su conjunto se percibe atravesada por las múltiples ramificaciones de la arbitrariedad. Las vivencias cotidianas están impregnadas de transgresiones tanto en nuestros espacios públicos como en los privados.

La sociedad civil transita abrumada por un espectro de violencias distintas, frecuentemente simultáneas. Algunas se articulan desde la experiencia narrativa: escuchas atónito lo que le sucedió a alguien cercano, mientras observas el bombardeo de imágenes seleccionadas para tu consumo  en los medios y lees desconfiadamente los encabezados en la prensa. El desfase entre lo que se experimenta socialmente y lo que se difunde genera una fisura social que clama por ser restaurada. En ocasiones, las manifestaciones de violencia invaden otros ámbitos y se materializan en los cuerpos, en las formas de habitar, en la seguridad jurídica y en la vida misma. ¿Qué consecuencias promueven estos mecanismos de transgresión en la cotidianeidad?

La violencia se integra en nuestros sistemas. La encarnamos de distintas maneras. Se incorpora en nuestra configuración como individuos, paulatina y constantemente. A veces nos habita de forma activa y en ocasiones latente, para surgir a destiempo a través de manifestaciones inexplicables. Somos violentados constantemente en lo individual, pero también en colectivo ya sea por atestiguarlo juntos o por experiencias comunes aún cuando se sitúen en distintas geografías de este país. ¿Cómo podremos procesar estas vivencias  públicas y privadas para colocarlas en algún lugar que nos permita seguir adelante?

Revertir estos procesos o acaso aprender a lidiar con ellos puede ser, igualmente, un lugar de colectividad. La curaduría de este proyecto parte de un intercambio con Máquina Binaria Ediciones sobre la inconformidad con el momento que vivimos como sociedad y la pertinencia de los ámbitos artísticos para reaccionar ante esto. Apertura 01 pretende generar una diálogo entre opiniones heterogéneas a través de una investigación estética donde se busca abrir los relatos, abrir la psique y mente, no de lo que pasa, sino de lo que nos está pasando. Este proyecto surge de una necesidad de dialogar en conjunto estas vivencias de violencia social para explorar las distintas respuestas ante este fenómeno. Está configurado como una serie de conversaciones, donde la revisión de la situación actual provocan las reacciones de cada artista y explora sus posicionamientos discursivos y estéticos frente a la violencia tanto en lo personal, como en lo grupal. Adriana Calatayud, Colectivo Lapiztola, Demián Flores, Anette Kuhn, Magali Lara, Nicola López, Quirarte y Ornelas y Héctor Velázquez responden a esta provocación desde posturas críticas desplegadas en piezas artísticas.

El resultado es un mosaico de estéticas y visiones que abarcan la violencia cotidiana, social, jurídica, emocional, económica, psicológica, civil, corporal, que juntas ejercen una denuncia de inconformidad desde el arte. Opiniones encontradas y formas disímiles de expresar sus violencias y nuestras violencias, para procesar esta condición compartida. Ocho artistas que abren una pausa en sus investigaciones, en sus formatos, en sus temáticas por sentirse convocados ante un tema apremiante que ha transformado las particularidades de los individuos y la manera de interactuar cotidianamente. Apertura 01 constituye pues una convocatoria a conversaciones posibles ante una emergencia compartida.

OBRA:

Anette Kuhn se resiste a evadir las imágenes de la crudeza de la violencia social del mundo. En vez de ello, las procesa artísticamente construyendo capa sobre capa de cada una de esas imágenes: dibuja, escanea, imprime, instala, las desprende, fotografía o talla. Pretende asir con el trabajo físico la información cotidiana del flujo mediático. Utiliza la reiteración como un recurso para articular la sordidez del entorno en un intento de resistencia ante la violencia psicológica. A su vez constituye una memoria insistente dedicada a los afectados para no dejarlos diluirse como otra noticia más.

Los símbolos patrios normalmente investidos de solemnidad se muestran atravesados, porosos, desdibujados. Demián Flores plantea una crítica de un aparato nacional erosionado por su endeble seguridad jurídica. La maquinaria estatal evidencia fracturas profundas ante la impunidad y la corrupción actuales. El artista desplaza la parafernalia simbólica oficializada negando sus cánones de representación como una forma de resistencia. Expresa una necesidad apremiante de reconfigurar los elementos que articulan la idea de nación, desde el uso de sus símbolos hasta la certidumbre en la aplicación indistinta del marco jurídico, como valor fundamental de un estado de derecho.

La violencia contra los derechos ciudadanos impulsó a Héctor Velázquez a resignificar sus objetos artísticos: las topografías que antes representaban su historia han tomado personal el derecho a manifestarse políticamente. Su obras en tela han mutado en estandartes; su cuerpo, en portador de consignas políticas en las calles. Sus mapeos han volteado hacia las geografías de la violencia de los estados más afectados en solidaridad o resonancia con dicha afectación que siente propia. Tamaulipas, con sus caracteres invertidos alude a su población oprimida por asesinatos de periodistas y civiles. El señalamiento de la situación de esta entidad constituye sólo un ejemplo del status quo en muchas zonas del país. Héctor Velázquez se une a los contingentes de ciudadanos convocados por el hastío y clama junto con miles “no más violencia”.

El colectivo oaxaqueño Lapiztola se autodenominan “una consecuencia del movimiento del 2006” contra el entonces gobernador Ulises Ruiz. Junto otros colectivos como Asar-O, Arte Jaguar o Revólver se encargaron de mantener patente la inconformidad social en las paredes, ante el silencio impuesto por las fuerzas públicas y el control de los medios de información. El estado desplegó un sistema de represión rampante ante la inconformidad generalizada de diversos grupos sociales que exigían la deposición del entonces gobernador. Seis años después, la tarea de dar voz a las demandas de la población en los espacios públicos no ha terminado. Las calles seguirán hablando.

La violencia económica traducida en “progreso” se percibe desde las edificaciones vigentes en los contextos urbanos. A través de la arquitectura citadina que refleja un frágil bienestar social, Nicola López expresa una seductora ambivalencia alternando el deleite con la asfixia. Las estructuras neoliberales han sobrepuesto el concepto de comodidad al de depredación. La publicidad del mercado inmobiliario se empeña en imponer el concepto de “civilidad” frente a la aglomeración. El resultado consiste en una sublime estética de nuestros espacios urbanos, contrapuesta con las franjas de miseria, como ejercicio distópico donde se materializa el desbordamiento de las inequidades de la realidad económica.

Historias domésticas, aparentemente simples de Quirarte y Ornelas detonaron una reflexión sobre la violencia de los desplazamientos y la defensa del espacio privado. El temblor del 21 de marzo en el D.F., atribuible al azar, los confrontó con la realidad del desalojo y las consecuencias de un proceso errante para establecerse nuevamente. La transgresión del sitio que determinamos como hogar constituye una violencia profunda: la desarticulación forzada del espacio personal, la violencia física o psicológica del desalojo y la agresión al espacio doméstico es la historia de muchos más. En nuestro país, el desplazamiento cobra dimensiones de migraciones agudas que exhiben desde pequeñas corrupciones hasta profundas negligencias sociales. El cansancio, el hastío y la incertidumbre  de la situación llevan a Quirarte y Ornelas a pronunciarse simbólicamente sobre las formas de defensa del hogar frente a las agresiones que vulneran estos espacios. Sus piezas muestran armas fabricadas con lo que tienen a la mano: lanzas hechas de tijeras y palos de escoba y clavos en calcetines, como emblemas de resguardo y protección.

Adriana Calatayud parte de un libro de defensa personal dirigido a la población femenina. Las imágenes originales suavizadas una representación casi inocente, contrastan con los textos que incitan a generar violentas respuestas premeditadas: para evitar ser víctima, ella debe asumir implacablemente su violencia física. Calatayud potencia la fuerza de las instrucciones, representando la agresividad desde el cuerpo femenino exaltado con atributos anatómicos, a veces aparentemente animalizados. En una situación límite como la narrada en el manual, hay que entrenar la capacidad de agencia contra la violencia. Sin embargo, el trasfondo de la situación en el país radica en la impunidad de la violencia actual que nos mantiene en una alerta latente. Una realidad indignante que no debemos permitir que se disipe desdibujando el peso de los hechos.

Magali Lara ahonda en el germen de la violencia desde las estructuras familiares  y se propone confrontar lo indecible. La dinámica de autoridad familiar está instituida desde una ejecución vertical que vuelve invisibles ciertos lugares. La artista atestigua que todavía, en las nuevas generaciones existe una profunda dificultad de reconfigurar las estructuras apuntaladas por las redes afectivas en los núcleos familiares. Desde esta complejidad impronunciable de espacios silenciosos pero vitales, Magali apuesta por la poesía de imágenes abstractas. A través de sensaciones y atmósferas explora las contradicciones internas del lugar doméstico. Como lo señalan los títulos de sus piezas, en el entorno familiar “dime la verdad” nunca es igual a “no me mientas”.

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